Viernes 18 de Septiembre – BENDECIDA PARA BENDECIR – Devocional para Damas

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos» (Luc. 4:18).

Allan subió a la plataforma. Hasta aquí todo normal: un joven subiendo a la plataforma para dirigir unas palabras a una congregación adventista. Pero resulta que nada en aquella escena era normal; más bien yo la describiría como un milagro, porque Allan era un joven drogadicto. Lo habíamos conocido meses atrás, por medio de la iniciativa que había tenido la iglesia a favor de los indigentes del Parque Juan Santa María, en Alajuela (¿recuerdas a Marta, de la que hablamos el día 18 de agosto?). Ahora, una misionera lo estaba presentando a los hermanos para pedir la ayuda de ellos para internarlo en un centro de rehabilitación. Aquel día, Allan estaba triste, cabizbajo; pero esa fue la última vez que lo vimos así. Cinco meses después abandonaba el centro de rehabilitación libre de drogas. Durante su estancia en el centro lo llamamos varias veces para animarlo a seguir adelante, pero cuántas veces era él quien nos animaba a nosotros con sus palabras.

Cuando salió del centro se dirigió a Santa Cruz de Guanacaste, donde trabaja con su mamá en un restaurante, lejos de las calles en las que solía vivir, y creciendo en dignidad con un trabajo honrado. Nos ha comunicado su deseo de visitar Alajuela los fines de semana para ayudarnos en nuestro ministerio con los indigentes. Él es conocido por muchos de los jóvenes indigentes que consumen drogas, y sabe que su testimonio será de gran impacto para los que un día fueron sus amigos.

El caso de Allan me hace darme cuenta de cómo actúa Dios. Él nos bendice no para que nos quedemos con esa bendición de una manera egoísta, sino para que la compartamos con los demás. Recibimos para dar; esa es la ley del amor que Dios pone en nuestros corazones.

Cuando Dios llamó a Abraham, el gran patriarca, le dijo que le iba a dar grandes bendiciones; ¿para qué? ¿Para que las disfrutara egoísta y ociosamente? No, claro que no. Dios en seguida añadió para qué: «Para que seas una bendición para otros» (ver Gén. 12:2). Ese es el milagro que hace también con Allan y que quiere hacer contigo y conmigo. Quiere que estemos atentas a las bendiciones que nos concede para que beneficiemos a los demás con ellas.

Radio Adventista

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