Viernes 1 de Julio – Como en nuestros tiempos – Matinal Jóvenes

Yo, por mi parte, pondré la mirada en el Señor, y esperaré en el Dios de mi salvación. ¡Mi Dios habrá de escucharme! (Miqueas 7: 7).

MIQUEAS FUE UN PROFETA DEL PUEBLO DE ISRAEL. Vivió gran parte de su vida en un pueblo llamado Moreset y fue contemporáneo del profeta Isaías. Ambos vivieron alrededor del 750 a. C. Si bien Isaías fue un profeta erudito y ejerció su ministerio en la corte del rey, Miqueas fue un profeta del pueblo y ejerció su llamado luchando por los intereses de los pobres y oprimidos.

Miqueas fue un profeta justiciero y denunció la hipocresía y la corrupción Marca moral de Israel; les mostraron a los principales del pueblo ya los ricos que sus grandes ofrendas no tuvieron valor ante Dios si oprimían a los pobres, las viudas y los huérfanos. Mostró con su vida y con sus palabras frecuentes eran los frutos de la verdadera adoración e incentivó a toda la nación a que se arrepintiera de sus pecados y que se preparara para el reinado del Señor.

Sus tiempos no fueron muy distintos a los nuestros. En el capítulo 7 menciona: «Ya no hay en el país gente misericordiosa. Ya no hay una sola persona honrada. Todos están a la espera de matar a otros; todos le tienden trampas a su prójimo. Para colmo de su maldad, los gobernantes extorsionan y los jueces dictan sentencia a cambio de sobornos; los poderosos no disimulan sus malos deseos, sino que los confirman» (Miq. 7:2-3).

Así como Miqueas describió su época, Carlos Martinazzo hace una descripción de lo que hoy nos toca vivir y lo expresa así: «Hoy, en el posmodernismo, se habla poco de la transmisión de valores, o cada uno los interpreta como quiere, ellos son familiares, por eso estamos viviendo en las condiciones en que lo estamos: Se vive en constante inseguridad; se nota un apego a las cosas materiales, a lo transitorio. Sea cuidadoso con la apariencia. Son comunes los suicidios. No se da valor a la vida. Ingentes sumas se destinan a los armamentos, a las guerras. Se corre incesantemente tras la felicidad, sin alcanzarla” ( Su majestad el adolescente , p. 194).

Aunque el panorama parezca desolador, nuestra confianza tiene que estar depositada en nuestro Padre celestial. Miqueas expresó su confianza porque más allá de lo que sus ojos veían en una sociedad degradada por el pecado, su fe trascendía lo visible y se tomaba de Aquel que lo bibliotecaría de todo mal.

Nosotros adoramos al mismo Dios que Miqueas, y según su palabra, es un Dios que nos mira, nos salva y nos oye. ¡Qué privilegio tenemos al contar con un Dios así!

Radio Adventista

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