No nos metas en tentación, sino líbranos del mal (Mateo 6: 13).
¿TIENE CONTROL SOBRE LAS TENTACIONES DEL APETITO? Déjame hablarte de alguien de mi imaginación y la llamaré Tamar, solo por darle un nombre. Tamar trabaja doble turno en un hospital, y como es jefa de guardia vive con la permanente ansiedad al lidiar con el personal. Trata con enfermeros y médicos, recibe quejas de pacientes y pasa muchas horas llenando formularios y planillas para recibir el reintegro de las obras sociales. Su trabajo es totalmente sedentario, pero, aun así, debido al estrés acumulado, llega muy cansada por las noches a su hogar.
La ansiedad laboral la lleva a comer a cada momento y en grandes cantidades, lo que su cuerpo acusa a través de una obesidad mayúscula. Si bien tiene complejos y desearía tener la figura esbelta y delgada de su juventud, los problemas familiares y el maltrato de su esposo, hacen que Tamar siga comiendo en su casa como si no lo hubiera hecho en el trabajo. Aunque su salud está empeorando, no puede dejar de consumir alimentos dañinos, come a toda hora o ingiere tres veces más de lo que su cuerpo necesita.
El verdadero problema de Tamar es la glotonería, y aunque es una persona honesta, trabajadora y servicial, lleva en su cuerpo las marcas de un problema espiritual: la falta de control sobre el apetito. Cada vez que lee en las Escrituras «su dios es el vientre […] y su fin será la perdición» (Fil. 3: 19), se siente identificado y reconoce que su apetito es su dios.
¿Cómo es posible ayudar a Tamar para que Jesús, y no el apetito, sea su Dios? Para este tipo de luchas, Elena G. White nos aconseja: «Las tentaciones a la complacencia del apetito tienen un poder que puede ser vencido solamente por la ayuda que Dios puede impartir. Pero con cada tentación tenemos la promesa de Dios de que habrá una salida. ¿Por qué, pues, tantos son vencidos? Es porque no ponen su confianza en Dios. No sacan provecho de los medios provistos para su seguridad. Por lo tanto, las excusas que se presentan en favor de la complacencia del apetito pervertido no tienen peso delante de Dios» ( La temperancia , p. 94).
Así como lo enseña el «Padre nuestro», solo en Jesús está el poder para ser librados de la tentación y para alcanzar la victoria sobre el apetito. Solo con Jesús es posible que el apetito sirva solo para satisfacer las necesidades humanas y que Dios sea lo más importante en la vida.




