Sábado 9 de Julio – También hijos de Dios? – Matinal para Adultos

«Este recibe a los pecadores y ven con ellos». Lucas 15: 1

CUANDO LOS ESCRIBAS Y FARISEOS pronunciaron las palabras de nuestro texto de hoy, estaban muy molestos con Jesús. ¿Qué los molestaba tanto? Al menos, dos cosas.

Lo primero, que Jesús «se juntara, con una simpatía tan visible, con los parias de la sociedad» (Palabras de vida del gran Maestro, cap. 15, p. 144). Lo segundo, que esas «parias» también parecían sentirse muy bien en la presencia del Señor porque, no solo lo buscaban, sino que «escuchaban con arrobada atención sus palabras >> (ibíd.). Así que la rabia de los rabinos era por partida doble: A quienes ellos entendieron «malditos» (ver Juan 7:49), «Cristo los saludaba como a hijos de Dios […], apartados de la casa del Padre, pero no olvidados por el corazón del Padre» (ibíd., p. 145).

¿Quiénes eran esos pecadores a quienes Jesús saludaba como a «hijos de Dios»? Según Albert Nolan, en la Palestina de ese tiempo entre los pecadores se contaban quienes desempeñaban trabajos considerados pecaminosos o impuros: las prostitutas, los cobradores de impuestos, los usureros, los apostadores…*

Es difícil leer estas palabras ya la vez ignorar sus implicaciones: ¿También a las prostitutas las considera el Señor como «hijas»? ¿Qué diríamos de los homosexuales? A mi mente acude un relato que leí en un libro de Tony Campolo. Es la historia de un pastor que había oficiado el funeral de un homosexual que había muerto de sida. Cuenta este pastor que al sepelio acudieron unos veinticinco a treinta amigos del fallecido; al parecer, todos homosexuales, por la forma como vestían.

Al concluir el servicio en el cementerio, ya él se separará del lugar cuando notó que ninguno de los presentes se movía. Entonces les preguntó si había algo más que podía hacer por ellos. Uno le pidió que leyera el Salmo 23. «Cuando me levanté esta mañana —dijo— pensé que me gustaría que alguien me leyera el Salmo 23». Al terminar, otro le pidió que leyera el pasaje de la Biblia que dice que nada nos puede separar del amor de Dios. Cuenta el pastor que cuando leyó que nada nos puede separar del amor de Dios, por primera vez vio señales de emoción en sus rostros. Luego vino otro pedido, seguido de otro, y otro. Durante casi una hora, el pastor estuvo leyendo los pasajes bíblicos favoritos de este grupo de homosexuales.

Mientras leía este relato, no pude evitar que se me hiciera un nudo en la garganta. Tampoco pude evitar preguntarme: si ellos no han sido olvidados por el corazón del Padre, ¿qué estamos haciendo para atraerlos a la casa del Padre? ¿No son también «hijos de Dios»?

Capacítame hoy, Padre, para no considerar a ningún ser humano como indigno de la sangre de Cristo. ¿Quién soy yo para condenar a quién tú llamas «hijos»?

Radio Adventista

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