Sábado 26 de Noviembre – Qué más querías, Coré! – Matinal Adultos

«Coré […], con Datán y Abiram hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron gente y se levantaron contra Moisés con doscientos cincuenta hombres de los hijos de Israel, príncipes de la congregación». Números 16: 1-2

SI HAY UN PROCESO DE LA NATURALEZA que ilustra bien la rebelión de Coré es el de la acción de la levadura. ¿Quién no sabe que solo se necesita un poquito de levadura para hacer crecer toda la masa?

En el caso de Coré, el poquito de levadura era el descontento. Ese malestar luego se convirtió en celos; con el tiempo, en envidia; finalmente, culminó en abierta rebelión. ¿Cuál era la causa de su descontento? Quería ejercer el sacerdocio, que por orden divina había sido concedido a Aarón ya sus descendientes.

Después de atraer a Datán ya Abiram a su causa, «estos tres trabajaron muy activamente en una obra maligna e influenciaron a doscientos cincuenta hombres de renombre, que también decidieron tener una parte en el sacerdocio y el gobierno, para que se les unieran» ( Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 379).

Cuando «la masa ya estuvo del todo leudada», Coré escondió su disgusto tras un aparente interés en el pueblo. Acompañado por sus secuaces, arremetió contra el liderazgo de Moisés y Aarón: «¡Basta ya de vosotros! —declaró—. Toda la congregación, todos ellos son santos y en medio de ellos está Jehová. ¿Por qué, pues, os encumbráis vosotros sobre la congregación de Jehová?» (Núm. 16:3).

Lo más triste de esta experiencia es que, la levadura que comenzó en el corazón de un hombre, terminó por afectar a todo el campamento de Israel. Al final, no solo Coré y sus secuaces aparecieron, sino que también, cuando muchos en el pueblo acusaron a Moisés de haberlos matado, la ira de Dios se encendió contra los murmuradores y catorce mil de ellos perecieron (ver Núm. 16: 41- 50).

¡Otra hubiera sido la historia si Coré, en lugar de quejarse por lo que no tenía, se hubiera detenido a pensar en lo que ya tenía! Había sido liberado con su familia de la opresión en Egipto. Era levita y, como tal, participaba en el servicio del tabernáculo. Además, «perteneció al grupo que acompañó a Moisés en el ascenso al monte y presenció la gloria divina» (Patriarcas y profetas, cap. 35, p. 371).

¡Ay, Coré, qué más podrías pedir! ¡Cuán diferente hubiera sido tu final si hubieras sido un poquito más agradecido!

«Nada tiende más a fomentar la salud del cuerpo y del alma que un espíritu de agradecimiento y alabanza» (El ministerio de curación, cap. 18, p. 166).

Bendito Jesús, hoy quiero darte gracias porque, aunque no tengo todo lo que soñé tener algún día, ¡tengo suficiente! Tengo lo necesario para vivir, tengo el cariño de mis seres queridos, y te tengo a ti, mi Amigo y Salvador. ¡Qué más puedo pedir!

Radio Adventista

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