Entonces uno de ellos, al ver que había sido sano, volvió alabando a Dios a voz en cuello, y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias. Este hombre era samaritano (Lucas 17: 15-16).
ELBA Y OMAR SON UN FIEL MATRIMONIO QUE AMA A DIOS DE CORAZÓN. Siempre lucharon para que sus hijos se mantuvieran fieles a Jesús, y fue así como viajaron largas distancias para asistir cada sábado a la iglesia, enviaron a sus hijos a la universidad adventista y les ayudaron a pagar sus estudios. Finalmente, sus hijos se recibieron, se enamoraron y se casaron con sus respectivos cónyuges; así formaron nuevas familias.
Un sábado la iglesia estaba adornada con flores exuberantes, y luego supe que esas flores eran la manera que tuvieron Elba y Omar de agradecerle a Dios por una tarea culminada: sus hijos crecieron, fueron educados, se seleccionaron en la fe adventista y habían formado sus familias con personas adventistas. Todo esto no hubiera sido posible sin la ayuda de Dios y ellos estaban agradecidos por esa bendición.
Dios no es indiferente al agradecimiento de sus hijos y así lo muestran las Escrituras. Diez leprosos, que estaban excluidos de la sociedad por la enfermedad que tenían, en cierta ocasión se encontraron con Jesús. Parándose lejos, le gritaron con todas sus fuerzas: «¡Jesús, Maestro, ten chapuzón de nosotros!» (Luc. 17: 13). Recibieron la orden de Jesús que se mostraran a los sacerdotes, y mientras ellos lo hacían notaron que su enfermedad había desaparecido.
Un samaritano, que no salía de su asombro por el milagro que se había protagonizado, se devolvió «alabando a Dios a voz en cuello, y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias». Se sintió indigno de recibir el regalo de la salud y no tenía palabras para expresar todo lo que su corazón sintió. Jesús, a modo de reproche por la indiferencia de los otros, preguntó: «¿No eran diez los que fueron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?» (versículo 17).
Al igual que el samaritano, cada uno de nosotros debería mostrar siempre un espíritu agradecido. El don de la vida, las fuerzas de cada día, la salud, la familia, el amor de los hermanos de iglesia, el alimento diario y un sin fin de regalos que Dios nos da, deben despertar en nosotros el sentido de gratitud. ¿Por qué no aprovechas la oración al comienzo de este día para agradecerle a Dios por todas aquellas cosas lindas que te hacen feliz?



