Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva (Apocalipsis 21: 1).
ESE SÁBADO HABÍAMOS COLABORADO CON MI ESPOSA en un programa radial adventista. A su término, ya pasada la media noche, mi esposa quiso que paseáramos por una de las peatonales más importantes de Buenos Aires. Sin apuro para volver a nuestro hogar, fuimos mirando con ojos curiosos todo lo que había a nuestro alrededor. Espectáculos callejeros, vidrieras con pocas luces, vendedores ambulantes, y una multitud que parecía hacer lo mismo que nosotros, hacía que esa peatonal desbordara de gente.
Llamó nuestra atención a un grupo de tres o cuatro adolescentes que buscaban meticulosamente dentro de contenedores con residuos. “¿Qué podíamos encontrar de útil en ese lugar — preguntamos mi esposa-si de lejos se ve que solo son desperdicios?». Haciendo que mir uno de los espectáculos, seguimos observando a los adolescentes, hasta que la pregunta de mi esposa quedó respondida Un restaurante de comida rápida McDonalds que distaba unos pocos metros había sacado restos de alimentos que los clientes no habían consumido, y esos menores, para satisfacer su apetito, los consumieron con alegría como si fuera un gran banquete.
Tiempo más tarde leí algo que contrastaba certeramente con este incidente. «La economía norteamericana está basada en la libre competencia y aunque la competencia trae, indudablemente, grandes beneficios, también acarrea algunos trastornos. Uno de los más aterradores es el de forzar a la gente a tomar decisiones extremas acerca de nimiedades. Cuestiones tan acuciantes como qué modelo de teléfono celular conviene comprar, qué marca de jeans, qué clase de cereal, son, según los expertos, clásicas fuentes de angustia, ansiedad y depresión» (Mario Diament, El hermano mayor: crónicas norteamericanas , pp. 103-104).
¡Así es nuestro mundo hoy! Mientras que, en Bangladesh, Afganistán, Corea del Norte, Mongolia y casi una veintena de países de África deben sobrevivir con 300 calorías diarias, otra parte del mundo «sufre» de ansiedad y depresión por vivir en la abundancia.
Gracias a Dios este contraste social no dudará para siempre, ya que cuando Cristo vuelva, recreará todas las cosas. El discípulo amado, en una de las visiones que le diera el Testigo fiel, dice: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva». Solamente Dios tiene poder para crear un mundo nuevo con igualdad social, y tú y yo debemos formar parte de él. Inicia en el día de hoy con alegría, sabiendo que el contraste que muestra la sociedad no durará para siempre.




