Señor, pon un vigilante en mi boca; ¡ponle un sello a mis labios! (Salmós 141:3).
LOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA MATRIMONIAL habían sido un calvario. La enfermedad terminal de su esposo sumado a la noticia de que él tenía una amante, habían creado en su corazón un profundo resentimiento. Aunque tenía tres hijos a su cargo, cuando su esposo murió se sintió «liberada», como si su vida cobrara sentido nuevamente.
Alguien llegó con el mensaje de salvación a su hogar y la animó para que se entregara a Cristo. Con sus 43 años le pareció muy «aburrido» tener una vida religiosa, así que delante de sus hijos ella le dijo su instructor bíblico: «Déjame primero vivir la vida, luego me entregaré a Jesús». Lo que ella nunca imaginó fue el peso que esa declaración tendría sobre sus hijos.
Después de haber pasado los 55 años, finalmente se bautizó y se entregó a Jesús sin reservas. Como suelen hacer todos los que aman la salvación, intentaron que sus hijos también siguieran su camino. Ellos parecieron ignorarla por algún tiempo, pero ante su insistencia, cada uno de sus hijos le respondió: «Déjame primero vivir la vida, luego me entregaré a Jesús». Cuando esta madre me contaba su historia de vida, ¡cuán arrepentida estaba por aquella frase dicha a la ligera!
Se cree que el Salmo 141 lo escribió David y sus diez versículos son un ruego a Dios para ser guardado del mal. El versículo de este día presenta el pedido para que «la boca» y los «labios» sean vigilados por el Señor. Solo él tiene el poder para frenar las palabras descuidadas, dichas en apuro, que no tienen sentido o que repercutirán para el mal en los demás.
El don del habla fue puesto por Dios para comunicarnos con nuestro Creador y con nuestros semejantes, pero desde que entró el pecado, el habla puede ser usado para el bien como para el mal. Podemos exaltar a nuestro Padre o podemos decir palabras hirientes, descuidadas o sin sentido, así como le ocurrió a la mujer del relato de hoy.
Dios, que conoce nuestras debilidades, está presto para darnos su poder y socorrernos a fin de que nuestras palabras no nos traicionen. Él puede ayudarnos para que el don del habla sea una bendición para nosotros mismos y para los demás. En la oración que hagas al comenzar este día, no olvides pedirle al igual que David: «Señor, pon un vigilante en mi boca».




