Jueves 19 de Agosto – Y vivieron felices para siempre – Matinal para Damas 2021

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor […]. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:4, 5, 7, RVR 95).

“Y vivieron felices para siempre”. Esta frase de final de cuento era mi favorita cuando la maestra nos contaba el relato de la boda entre el príncipe y la princesa. Con los años, supe que no todos los príncipes ni las princesas eran felices para siempre. Más tarde, al contraer ma­trimonio y formar una familia, me di cuenta de que la novia no siempre era una princesa, ni tampoco el novio era un príncipe. Desperté del cuento, pero no a un final trágico sino a una visión más equilibrada de lo que es realmente el matrimonio.

El matrimonio, esa institución sagrada que Dios creó para la felicidad hu­mana, es un estado del que muchos desean salir (y al que muchos nunca desean entrar). Las uniones libres, los encuentros casuales y ocasionales intentan tomar el lugar de una institución santa. ¿Cómo lograr que, cuando decimos “para siempre”, sea realmente para siempre?

Leemos en las Creencias de los Adventistas del Séptimo Día: “El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén y confirmado por Jesús, para que fuera una unión para toda la vida entre un hombre y una mujer en amante compa­ñerismo” (p. 330). El matrimonio, de acuerdo al ideal de Dios, no solo implica que la pareja viva unida toda la vida, sino que gocen de un feliz compañe­rismo. Para lograrlo, se necesita entrega, voluntad, dominio propio y un amor que se renueve cada día y se manifieste expresamente. Además, hace falta:

  • Comprensión. Esta se pone a prueba en las diferentes maneras de pen­sar y sentir. Significa tener una actitud que alivie la tensión provocada por un desacuerdo.
  • Tolerancia. No es sinónimo de permisividad. Tolerar es simpatizar y em­patizar con el otro, permitiéndole expresar lo que siente, sin negarlo.
  • Aceptación. Es tener una actitud de acogimiento, ser capaz de aprobar al otro aun en medio de los desacuerdos.
  • Perdón. Es un don que solo Dios nos puede dar. Implica perdonar las ofensas y disculpar los errores del otro, así como Dios perdona los nuestros.

Con la ayuda de Dios y voluntad decidida, es posible vivir “felices para siempre”.

Radio Adventista

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