FRANCISCO JOSÉ HAYDN
Sin embargo, los que el Padre me ha dado vendrán a mí, y jamás los rechazaré. Juan 6:37.
Un y dos y tres y… -la batuta de Herr Reutter marcaba el tiempo para el Coro de Niños de San Esteban un día de noviembre de 1749. José Haydn, de 17 años de edad, palpó las tijeras que tenía en el bolsillo de su abrigo. Eran nuevecitas, y deseaba que terminara la práctica para estrenarlas. Las abría y cerraba al ritmo de la batuta del director del coro.
De pronto sus ojos se posaron en la coleta del niño que se hallaba frente a él. Una sonrisa picaresca se dibujó en sus labios. Salieron a relucir las tijeras. ¡Un tijeretazo, y la coleta cayó al piso! Reinó el silencio en el salón de prácticas. Todos miraban la coleta tirada en el piso.
Los ojos de Herr Reutter, llenos de ira, miraban a José por encima de sus anteojos con marco de alambre. Su voz retumbó como un estallido de trueno:
-José Haydn, ¿fuiste tú el que cortó esa coleta de cabello?
-Sí, señor. Lo siento mucho, señor…
-No toleraré un incidente más de tu parte, jovencito. Serás castigado con las varas y quedarás despedido del coro.
En cuestión de minutos José se encontró solo, sin un centavo y con mucha hambre en las calles de Viena. Deambuló de aquí para allá como gitano, hasta que sintió frío hasta los huesos. Ya exhausto de tanto caminar, se acurrucó debajo de un farol de la calle, preguntándose qué debía hacer.
Allí lo encontró su amigo Spangler.
-¿Qué haces aquí a estas horas de la noche? -le preguntó.
-Me despidieron del coro -le explicó José, y le narró toda la historia de su desgracia-. Necesito un lugar donde quedarme.
-No Importa lo que hayas hecho. Todavía sigues siendo mi amigo -le respondió Spangler-, Te puedes quedar conmigo el tiempo que quieras.
Pronto José se encontró al lado de un hermoso fuego, comiendo bastante pan con leche caliente en la casa de Spangler.
Algunos piensan que Dios se parece mucho a Herr Reutter, que castiga cruelmente a los que se equivocan y los lanza a un mundo frío y hostil a sufrir las consecuencias de sus faltas. Pero la verdad es que Dios es más semejante a Spangler: un amigo que se nos acerca en los momentos de mayor necesidad, nos invita a su hogar y nos envuelve con el calor de su amor.


