Sábado 26 de Noviembre – Buscando la pureza – Devocional para Jóvenes

Así pues, dejen ustedes todo lo impuro y la maldad que tanto abunda, y acepten humildemente el mensaje que se ha sembrado en su corazón, pues ese mensaje tiene poder para salvarlos (Santiago 1: 21 DHH).

ELLA ESTABA DESESPERADA. Había venido de lejos y, al separarse de su familia, su esposo recurrió a la violencia física para que ella se mostrara sumisa. Con tan solo 22 años estaba viviendo una pesadilla y parecía que su caso no tenía solución. Cargando a sus tres hijos pequeños acudió a un hermano adventista para encontrar socorro.

Con toda paciencia este hermano la escuchó, intercedió y abandonó que se reconciliara con su esposo. Cada tanto, ella volvía a acudir a él para salir de un apuro, y siempre él estuvo dispuesto a auxiliarla en sus necesidades. Aunque él tenía 30 años más que ella, creció entre ambos la amistad y la confianza.

Un día, a través de un mensaje de texto, ella le confesó: «Tú eres mi manzana prohibida». Él pensó por un momento la respuesta y replicó: «Y tú eres lo mismo para mí». La relación nunca avanzó de lo que aparentaba ser una simple amistad, pero ambos sabían, en lo íntimo de sus pensamientos, que se habían deseado sexualmente.

Si el acto sexual nunca existió, ¿deberían ellos preocuparse? Acariciar una idea, ¿es lo mismo que realizar la acción? Aunque aparentemente no había nada malo en la relación que apareció, ambos habían deseado el décimo mandamiento que nos manda no codiciar.

Por otra parte, aunque el secreto de sus corazones solo haya llegado a los oídos del pastor y nunca haya sido expuesto al público, ese pecado acariciado podría haberlos conducido a la apostasía. «Cualquier hábito o práctica que pueda inducir a pecar y atraer deshonra sobre Cristo, debe ser desechado cueste lo que costare. Lo que deshonra a Dios no puede beneficiar al alma. La bendición del Cielo no puede acompañar a un hombre que viole los eternos principios de la justicia […] Si para salvar el cuerpo de la muerte uno se cortaría un pie o una mano, o aún se arrancaría un ojo, ¡con cuánto más fervor deberíamos desechar el pecado, que trae muerte al alma!» (Elena G. White, El Deseado de todas las gentes , p. 406).

Conociendo la naturaleza humana, Santiago exhortó a los primeros cristianos: «Dejen ustedes todo lo impuro y la maldad que tanto abunda». Hay una parte humana que es necesaria para que Dios intervenga: la entrega de la voluntad. Sí, el mensaje del evangelio tiene poder para cambiar las acciones y purificar el corazón, pero para que la pureza divina sea nuestra, antes la debemos buscar de todo corazón.

Radio Adventista

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