Sabado 17 de Octubre – Abrir el corazón para sanar – Devocion Matutina para Adultos

«Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, porque de día y de noche se agravo sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: “Confesare mis rebeliones a Jehová, y tú perdonaste la maldad de mi pecado”» (Salmos 32:3-5).

En su libroOpening Up: The Healing Power of Expressing Emotions [Cómo sincerarse: el poder curativo de expresar las emociones], James Pennebaker, profesor de psicología de la Universidad de Texas, describió un estudio clásico del que rescató importantes deducciones. Interesado en la asociación existente entre la expresión de los traumas y los síntomas físicos, dividió una clase de alumnos de psicología en tres grupos. A los participantes del primer grupo, les pidió que escribieran acerca de los traumas que habían experimentado en su vida, siendo los traumas sexuales vividos en la adolescencia, el tema narrado con mayor frecuencia. A los del segundo grupo, les pidió que escribieran sobre lo que quisieran, sin darles un tema en particular; y a los del tercer grupo les pidió que no escribieran, con el fin de establecer un valor de referencia. Posteriormente, registró durante varios meses cuántas veces los estudiantes se enfermaron o acudieron al sanatorio de la universidad. Los resultados revelaron que, aquellos que expresaron los traumas, se enfermaron menos que los participantes de los otros dos grupos; por su parte, los que no escribieron nada fueron los que se enfermaron más.

Hay experiencias negativas que permanecen guardadas durante años en el corazón de las personas. Algunas se refieren a experiencias en las que la persona ha sido la víctima. Otras, comprenden decisiones erróneas, que han dejado una marca imborrable en la memoria y comportan una gran carga emocional. Otras, incluyen sentimientos de culpa por haber ocasionado un mal a otro(s), o incluso, a uno mismo. En cada uno de estos casos en los que se esconden los hechos y reprimen las emociones negativas se inhibe también el funcionamiento del sistema inmunitario. El sentimiento de culpa, el enojo, el odio o el rencor son capaces de suscitar diversas y complicadas enfermedades.

El rey David corrobora la idea, diciendo: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día[…] se volvió mi verdor en sequedades de verano». No obstante, ofrece un poderoso remedio para resolver la situación: abrir el corazón a Dios y descubrirle el dolor.

¿Tienes pecados inconfesados? ¿Guardas secretos ocultos que necesitan salir a la luz? No esperes que tu cuerpo exprese con síntomas las emociones que tienes reprimidas. Aunque no necesitas hablar constantemente de ello, precisas llevarle todo a Dios para encontrar alivio.

Radio Adventista

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