Sábado 16 de Septiembre – EL SIERVO MIEDOSO – Matutina para Damas

Por lo cual tuve miedo, y fui, y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Mateo 25:25.

Un jefe dio dinero a tres empleados para que le dieran un buen uso que le reportara ganancias. Dos de ellos lo amaban y gozosamente fueron a hacer cuanto pudieron por él. Como resultado, duplicaron la cantidad del dinero recibido. El tercero, sin embargo, tenía miedo de su jefe. El mismo jefe, que era amado, respetado y servido por dos de ellos, era malinterpretado por el tercero. La diferencia estaba en el concepto que el tercer empleado tenía de él. La palabra que usa el original griego del Nuevo Testamento para describir al jefe es skleros, que significa severo, violento, intolerable, malicioso, ofensivo, y estricto.* Con tal definición era imposible una relación equilibrada.

¿Qué concepto tienes de Dios? El miedo que sentía el tercer hombre por causa de su concepto del jefe lo llevó a esconder el talento que se le confió, 34 kilogramos (75 libras) de plata, equivalente a veinte años de pago de un jornalero (ver SCBA, p. 498). ¿En qué momento comenzó su miedo? ¿Por qué aceptó la responsabilidad si no planeaba invertir el dinero? Tuvo miedo al fracaso y se llenó dudas: ¿Si no ganaba intereses? ¿Si perdía el capital? ¿Si le tocaba pagar las pérdidas? El miedo se alimenta de dudas, y estas, de preguntas sin respuesta. Algunas actúan como este siervo: “Muchos a quienes Dios ha calificado para hacer un excelente trabajo, realizan muy poco, porque intentan poco. Miles pasan por la vida como si no tuvieran objeto definido por el cual vivir, ni norma que alcanzar. Los tales recibirán una recompensa proporcionada a sus obras” (PVGM, p. 266).

El miedo destruye la perseverancia, la confianza y la fuerza de voluntad. Solo podemos servir a Dios cuando reconocemos quién es él: un Amigo fiel. Entonces le servimos sin contar el esfuerzo, no por el premio venidero de la vida eterna, sino por el placer que nos produce estar con él mientras le servimos. El amor fue el motor de la fidelidad de los dos primeros siervos a su señor; el miedo llevó al tercero a esconder el talento. El Mayordomo divino pedirá cuenta de los talentos que nos da: el tiempo, el dinero, el cuerpo y nuestras habilidades específicas. Todo cristiano tiene el deber de descubrir su talento, mejorarlo, y desarrollar un ministerio para la gloria de Dios: “Nunca debemos pensar en el fracaso. Hemos de cooperar con Uno que no conoce el fracaso” (PVGM, p. 297). El miedo no justificó al siervo necio porque “nuestro Padre celestial no exige ni más ni menos que aquello que él nos ha dado la capacidad de efectuar” (Ibid.).

Radio Adventista

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