Sábado 1 de Abril – Reinaremos con él – Matinal Adulto

 Si sufrimos, también reinaremos con él (2 Timoteo 2:12).


Te invito a sondear la historia de Policarpo, el obispo de Esmirna, “el padre de los cristianos en Asia”. De acuerdo con Eusebio de Cesárea, el primer historiador de la iglesia cristiana, Policarpo había sido discípulo del apóstol Juan; y Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín, asegura que fue nombrado obispo por el mismo discípulo amado. De ahí que los especialistas en historia del cristianismo sugirieron que Policarpo desempeñó un papel clave en la transición de la iglesia apostólica a la pos apostólica. Como fue un líder muy destacado y respetado entre los creyentes de Asia, su fama despertó el resentimiento tanto de judíos como de gentiles.

Precisamente ese resentimiento suscitó una feroz persecución en su contra. Ante la inminencia de su arresto, los miembros de la iglesia le pidieron que se marchara de la ciudad. Pero esto no sirvió de nada, puesto que poco tiempo después fue apresado y llevado ante Herodes y Nicetes, que trataron de persuadirlo diciéndole: “¿Qué te cuesta decir que César es el Señor, ofrecerle incienso y con ello salvarte?” Y luego, ya en el estadio en el que sería sacrificado, el procónsul le insistió: “Jura y te soltaré; insulta a Cristo”. La respuesta de Policarpo ha quedado inmortalizada para la posteridad: “Durante ochenta y seis años he sido su siervo, y no me ha hecho nada malo, ¿cómo puedo ahora blasfemar a mi Rey que me salvó?”. * Poco después fue quemado vivo.

En una época repleta de intolerancia contra los cristianos, ese humilde anciano se consideró digno de padecer afrenta por causa de Cristo, porque entendía que Cristo nunca le había fallado y que su propia muerte sería un momento propicio para seguir experimentando la fidelidad divina.

Muchos queremos transitar la senda de un cristianismo sin tropiezos, sin dolor, sin conflictos, sin nada que requiera sacrificios de nuestra parte. Sin embargo, lo cierto es que seremos coherederos de Dios y de Cristo, “si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17). Policarpo sabía que no hay gloria sin sufrimiento; que no hay herencia sin padecimiento; que no hay victoria sin renuncia, ¿lo sabemos nosotros?

Quizá nosotros no estemos siendo perseguidos como Policarpo o nuestra vida no esté a punto de ser cercenada a causa de nuestra fe, pero en nuestra propia esfera podemos confirmar que tampoco a nosotros el Señor nos ha fallado.

Joseph Barber Lightfoot y J. R. Harmer, The Apostolic Fathers (Londres: Macmillan and Co., 1891), p. 206.

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