Miércoles 9 de Diciembre – José Wolf – Devocional para Jóvenes

El Señor es bueno, un refugio seguro cuando llegan dificultades. Él está cerca de los que confían en él. Nahúm 1:7.

 

Era el año 1844. José Wolff, un misionero inglés, leía su Biblia en la celda de su prisión en la ciudad musulmana de Bukhara. De pronto, se escuchó el clic de la llave en el cerrojo de la puerta, tras lo cual entró su amigo, un viejo maestro musulmán.

-Abdul Samat Khan ha decidido matarte -le susurró el anciano-. Hay una forma en que puedes salvar tu vida.

-¿Hacerme musulmán? No, gradas.

-Debes hacerlo para salvar tu vida -le insistió el maestro- Solo tienes que decir una vez: “Dios es grande, y Mahoma es su profeta”. Una vez que llegues a Inglaterra, puedes continuar siendo cristiano.

-No puedo negar a mi Salvador -respondió José Wolff.

El anciano se levantó y movió la cabeza tristemente. Abrazó al misionero y le dijo:

-Temo que nunca más te volveré a ver. Con esa actitud, el único camino posible es la muerte.

-Lo sé -respondió el valiente misionero-. No dejaré de confiar en Jesús, aun si se tratara de salvar mi propia vida.

Wolff sabía que sería ejecutado. No temía a la muerte, pero sí a la tortura que a menudo precede a la ejecución. En el interior de su bolsillo tenía una droga poderosa que podría ingerir y aminorar el dolor. Pero a medida que se acercaba la hora de la ejecución, se deshizo de ella y decidió confiar solo en Jesús. Se arrodilló junto a su ventana y oró:

“Gracias, Señor, por estar conmigo en esta celda. Por favor, cuida de mi familia. Dame la fortaleza para soportar la tortura y la muerte en honor a ti”.

Poniéndose de pie, se dirigió a la mesa bajita que estaba al lado de su cama y levantó la Biblia. Sobre una de las cubiertas escribió: “Mi queridísima Georgina. Te he amado hasta la muerte. Bukhara, 1844”.

Entonces escuchó los pasos de los guardias que se acercaban. Se abrió la celda y fue conducido ante el gobernante de Bukhara.

-Hoy he recibido una carta del sha de Persia en la que ordena su liberación. Aquí está su ropa. Un hombre lo guiará. ¡Váyase! ¡Está libre! -¡Gracias, Señor! -fue lo único que pudo decir José Wolff.

Radio Adventista

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