Martes 18 de Abril – Tenemos paz para con Dios – Matinal Adultos

 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).

Edgar Allan Poe, el notable escritor estadounidense, escribió un breve relato que ilustra adecuadamente la espantosa situación del que vive bajo el complejo de culpa. En el cuento “El corazón delator”, Poe narró con vívidos detalles el asesinato de un humilde anciano. El asesino, que se esperaba a sí mismo como “horrorosamente nervioso”, admitió que no tenía motivos para matar al anciano, pero una noche no aguantó la tentación y le arrancó atrozmente la vida.

Cerca de las 4:00 de la mañana, tres policías se presentaron en la casa. El asesino atendió cortésmente a los agentes; les aseguraron que todo estaba bien y les pidieron que entraran y revisaran cada rincón de la vivienda. Tras haber echado un vistazo y descubrir que todo estaba en orden, que no había nada fuera de lugar, que todas las pertenencias del anciano seguían allí, los agentes estaban a punto de abandonar la escena cuando el asesino empezó a sentirse extraño. Sentía “un rumor sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón”. Solo él podía escuchar el ruido que se tornaba más insoportable, más alto. El insufrible eco ensordecedor llevó al asesino a confesar su crimen, pues lo que oía era el supuesto latido del espantoso corazón del anciano.

Pero no, no fue el corazón del anciano lo que delató al asesino; fue la negrura de su propia alma, la sensación de suciedad interna, el agobiante sonido que surge en el interior del que ha hecho lo malo, y que lo lleva a una demoniaca intranquilidad. Dice el profeta: “Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto y sus aguas arrojan cieno y lodo. ‘¡No hay paz para los impíos!’, ha dicho mi Dios” (Isaías 57:20, 21). En cambio, si al reconocer que nuestro corazón nos delata, que la culpa galopa a campo abierto en nuestro interior, acudimos a nuestro Dios y confesamos nuestros pecados, encontraremos la paz que nos ofrece el perdón. Como dijo David: “Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad” (Salmo 32:1, 2, NVI).

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Hoy, si confesamos nuestros pecados, tendremos esa paz.

Radio Adventista

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