Entonces Elíseo oró: “Oh Señor, ¡abre los ojos de este joven para que vea!” Así que el Señor abrió los ojos del joven, y cuando levantó la vista vio que la montaña alrededor de Eliseo estaba llena de caballos y carros de fuego. 2 Reyes 6:17.
Teodoro Roosevelt, de trece años de edad, apuntó el rifle hacia el bosque y tiró del gatillo.
-¡Has errado por un margen demasiado grande! -lo retó su primo Juan. -¡Bobo! ¿No sabes cómo tirarle a un blanco? -Elliot, el hermano de Teodoro, estaba muy disgustado.
-Pero ¿cuál blanco? -preguntó Teodoro.
-¡Ese, que está allí!
-Creo que reconocería un blanco si lo viera. ¡Allí no hay ninguno! -¡Vamos, Teodoro, por supuesto que está allá! ¿No puedes ver la tabla blanca con los anillos de diferentes colores?
-¡Por supuesto que no puedo ver lo que no existe!
-Muy bien -le dijo Juan y lo tomó de los hombros-. ¡En marcha! Te mostraré que sí está.
A unos dos metros de distancia pudo ver un manchón blanco. De repente, allí estaba, tan claro como el mediodía.
-¡Apuesto a que tu padre no sabe que no puedes ver bien! -exclamó Juan-, De lo contrario, nunca te hubiera permitido el arma.
-Por favor, no se lo digan -les rogaba Teodoro.
-Pero, tiene que saber que no puedes ver -insistió Elliot.
-¡Pero, puedo ver! -objetó Teodoro-, Solo que no puedo ver las cosas de lejos…
Cuando se enteró el Sr. Roosevelt, llevó a Teodoro al oculista y le consiguió un par de lentes gruesos con aros metálicos. En ese momento se le abrió un panorama totalmente nuevo.
El siervo de Eliseo tenía un problema similar; no podía ver lo que veía Elíseo. Así que, le pidió a Dios que le abriera los ojos para que pudiera ver al ejército de ángeles dispuesto a luchar contra el ejército asirlo. Se le abrió un mundo totalmente nuevo y emocionante cuando se le aclaró la visión espiritual.
¿Sufres de ceguera espiritual? ¿Se te dificulta ver a Dios obrando en tu vida? ¿Se te hace difícil leer las señales de los tiempos que revelan la cercanía de la segunda venida de Cristo a este mundo? No te burles de lo que ven los demás, solo porque tú no lo veas. Más bien, pide a Dios que te abra los ojos. ¡Los anteojos de la fe te mostrarán cosas maravillosas!




