Lunes 28 de Marzo – Lo que realmente tiene valor – Matinal Jóvenes

«¿Acaso no es ésta la gran Babilonia, que con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad he constituido como sede del reino?» (Daniel 4:30).

PERSONAS DE TODO EL MUNDO VIAJABAN continuamente desde lejos para admirar la hermosura de la capital caldea. El rey Nabucodonosor había trabajado arduamente para que Babilonia fuera una bellísima ciudad y una potencia militar. Sus antepasados ​​solo lo habían deseado, Nabucodonosor lo había logrado. Sus tremendos palacios, sus soberbios templos, los jardines colgantes, sus gruesas murallas: todo en Babilonia ostentaba buen gusto, sabiduría y esplendor.

Por esa razón, un día mientras Nabucodonosor paseaba por la terraza de su palacio, exclamó: «¿Acaso no es última la gran Babilonia, que con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad he constituido como sede del reino?»

Pero esa ciudad que era una potencia militar y que parecía inconquistable cayó. El paso de los años hizo que miles de sus habitantes la abandonaran, y hoy, lo que fuera una gloriosa metrópoli, es solo una ciudad fantasma. Nadie vive en ella; sus templos, palacios, residencias y murallas están en ruinas, solo queda un triste espectáculo desértico alterado por ladrillos rústicos.

¿Qué nos quiso enseñar Dios al dejar registrada la historia de Nabucodonosor con Babilonia? Hombres y mujeres «necesitan aprender, del nacimiento y la caída de las naciones, tal como lo presenta la Santa Escritura, de cuánto valor es la gloria externa y mundanal. Babilonia, con todo su poder y magnificencia, que el mundo no volvió a contemplar, poder y magnificencia que parecieron estables y duraderos, ha desaparecido completamente. Ha perecido “como la flor del campo”. Así perece todo lo que no tiene a Dios como cimiento. Solo puede durar lo que está ligado al propósito divino y expresa el carácter de Dios. Sus principios son lo único firme que el mundo conoce» (Elena G. White, La educación , p. 179).

Soy consciente de que en la actualidad hay miles de personas que se enorgullecen por sus logros académicos, familiares, y laborales y que al igual que el rey caldeo, son admirados por las alturas alcanzadas. Pero como hijos de Dios debemos recordar que los logros de este mundo son como la gran Babilonia: temporales, efímeros, de corta duración. Por esta causa es importante reconocer y buscar lo que realmente tiene valor: conquistar el reino de los cielos a través de la fe en el Hijo de Dios. A lo largo de este día, agradécele a Dios por los logros que te ha permitido obtener, pero por sobre todas las cosas, agradécele por haberte rescatado para que seas heredero de la salvación.

Radio Adventista

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