«Dios les entregó a Oreb ya Zeeb, príncipes de Madián; por eso, lo que yo hice no es comparable con lo que hicieron ustedes». En cuanto Gedeón dijo esto, el enojo de los efraimitas se aplacó (Jueces 8:3).
ESA TARDE ESTABA REALIZANDO VISITAS en una ciudad pequeña, que distaba unos cuarenta kilómetros de mi hogar. Al llegar al domicilio de una hermana de iglesia la encontré muy triste y con la boca adormecida por los calmantes que había consumido. Luego del saludo le pregunté la razón de su tristeza y me relató el maltrato verbal y psicológico que ella y sus hijas estaban viviendo. Su esposo, un hombre de carácter fuerte y exento de humildad, se había peleado con sus hijas a tal punto que, viviendo el mismo techo, no se hablaron bajo ni compartieron la misma mesa al momento de comer. Ella, que amaba a sus hijas ya su esposo, se encontró en medio de esta situación, y como su esposo deseaba tenerla de su «lado», la maltrataba con palabras hirientes por defender a sus hijas.
Lo más llamativo fue que al hablar con él, nunca se vio equivocado. Se excusó diciéndome que el que tiene la «verdad» no debe retractarse de nada, y que sus palabras agudas no eran cuentos, sino que su mujer era demasiado sensible.
¡Qué distinto es el ejemplo que nos dejó Gedeón en las Escrituras! Luego de pelear con sus 300 valientes y obtener una gran victoria sobre el ejército de Madián, la tribu de Efraín había perseguido a parte del ejército enemigo y capturado a los príncipes Oreb y Zeeb. Al encontrarse con Gedeón, los efrainitas se encolerizaron porque había peleado solo con 300 hombres y no los había convocado a la guerra. Con toda calma, Gedeón les respondió: «Lo que yo hice no tiene comparación, si se compara con lo que hicieron ustedes» (Juec. 8:2-3).
Para tener palabras, actitudes y modales que sean una bendición para nuestro prójimo, debemos aprender diariamente de Jesús. «El verdadero crecimiento cristiano tiende hacia arriba, hacia la plena estatura de hombres y mujeres en Cristo. La verdadera cultura, el verdadero refinamiento de pensamiento y modales, se obtiene mejor aprendiendo lecciones en la escuela de Cristo […] El seguidor de Jesús mejorará constantemente sus modales, hábitos, espíritu y trabajo. Esto lo logra fijando los ojos, no en los meros progresos externos y superficiales, sino en Jesús. Se verifica una transformación en la mente, en el espíritu, en el carácter» (Elena G. White, Obreros evangélicos , p. 300).




