Jueves 30 de Julio – No seas burra – Devocion Matutina para Damas

«No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti» (Salmo. 32:9, RV60).

«No seas como el caballo o como el burro» (el asn, el mulo) dice nuestro versículo de hoy, el Salmo 32:9. Y, en principio, puede ser esta una expresión que resultara extraña para el lector/oidor del mundo antiguo. ¿Por qué? Porque en la cultura bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, el burro/asno/mulo era un animal altamente valioso y apreciado. Se usaba como bestia de carga, para trabajar el campo y también para cabalgar de un lugar a otro. En general, era considerado un animal muy capaz. Sin embargo, el Salmista nos lleva a reflexionar en un aspecto de este animal que a veces se ve también en el ser humano: su falta de entendimiento.

Si Dios nos ha dado inteligencia, ¿por qué a veces lo obligamos a que nos gobierne por la fuerza? ¿Por qué no somos capaces de entender y aceptar su voluntad para nuestra vida cuando todo nos va bien, y someternos a ella sin necesidad de pasar por pruebas? ¿Por qué es necesario para él aprovechar nuestros momentos de enfermedad, ya que, de otra manera, no le prestamos atención? Es como si nos faltara entender qué es la vida, qué quiere Dios para nuestra vida, y qué tipo de relación quiere establecer con nosotras para que nos vaya bien. En eso, nos parecemos al burro.

«El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento» (Isa. 1:3, RV60). Y esta situación es lamentable. Hasta los seres irracionales devuelven amor al dueño que los alimenta, ¿cómo vamos a ser nosotras desagradecidas con nuestro Padre celestial, que nos cuida cada día? Tengamos más inteligencia espiritual que los animales.

Leemos en Jeremías 8:6: «No hay hombre que se arrepienta de su mal, diciendo: ¿Qué he hecho? Cada cual se volvió a su propia carrera, como caballo que arremete con ímpetu a la batalla» (RV60). En esto, también nos parecemos a ciertos animales: somos tercas para dar el brazo a torcer y admitir nuestros pecados, nuestros errores y meteduras graves de pata. Pero reconocer nuestras limitaciones y darnos cuenta de la gravedad de nuestros actos es siempre el primer paso para un cambio de rumbo. Demos ese primer paso hoy.

Radio Adventista

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