Jueves 27 de Abril – Los de limpio de Corazón verán a Dios – Matinal Adultos

Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios (Mateo 5:8).

En el Salmo 17, una plegaria en la que David pide protección, el rey exclamó: “Señor, oye mi justo ruego; escucha mi clamor; presta oído a mi oración, pues no sale de labios engañosos” (versículo 1, NVI). Pero ¿no se supone que toda oración debería ser el clamor de corazones y labios sinceros? En 1892, Elena G. de White ofreció una de las más hermosas definición de lo que es la oración cuando dijo: “Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo” (El camino a Cristo, cap. 11, pág.138). Me parece oportuno compartir aquí lo dicho por Henri Nouwen: “Orar es andar a la plena luz de Dios, y decir, sencillamente, sin tapujos: ‘Soy humano y tú eres Dios”. *

Sin embargo, aunque la oración debería ser un ejercicio de sinceridad de principio a fin, Jesús nos advierte: “Cuando ores, no seas como los hipócritas, porque ellos aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres” (Mateo 6:5). Aquí vemos el infernal intento de combinar oración e hipocresía. En aquellos tiempos, la palabra griega hypokrites se usaba para identificar a un actor, “a alguien que finge ser diferente de lo que realmente es”. ** Hay momentos en que nuestra oración no refleja el anhelo del alma; en que nos inclinamos ante Dios fingiendo ser lo que no somos para ser escuchados por oídos otros aparte de los de Dios.

Una oración hipócrita está llena de palabras grandilocuentes y altisonantes porque solo procura la aceptación y la admiración de nuestros correligionarios; es la voz de uno que finge aparecer delante de los hombres con un disfraz de espiritualidad, pero resulta obvio que son palabras vacías las que salen de una boca y un corazón corrompidos.

Jesús nos recuerda que no debemos ser así. Al orar hemos de presentarnos delante de nuestro Padre como lo que realmente somos: amigos de Dios que se constituyen pecadores. Al acudir a Cristo en oración hemos de hacerlo “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:22). Si oramos así, con la sinceridad que conlleva hablar con un amigo, disfrutaremos del cumplimiento de esta promesa: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios” (Mateo 5:8). Y esos son los que acuden delante del Padre para decir: “¡Crea en mí, ¡Dios, un corazón limpio!” (Salmo 51:10).

* Philip Yancey, Oración: ¿Hace alguna diferencia? (Grand Rapids, Míchigan: Zondervan, 2006), pág. 34.

** Johannes P. Louw y Eugene A. Nida, Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento: basado en dominios semánticos (Nueva York: Sociedades Bíblicas Unidas, 1996), p. 765.

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