Jueves 26 de Enero – EL MEJOR VISADO – Matinal Jóvenes

«Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.» Deut. 10:19

Juntamente con mi esposa, hemos pasado la mitad de nuestra vida de adultos en el extranjero. A veces fueron períodos cortos, de pocas semanas y apenas si pasaron de la designación de turistas. En otras ocasiones fue algo más de una década y comprendimos la oportunidad de ser misioneros. En el momento de escribir estas líneas vivimos en un lugar donde se pueden contabilizar unas cien nacionalidades diferentes. Nuestros vecinos son cameruneses, brasileños, trinitarios, coreanos, chinos, daneses y hasta algún bielorruso. Es divertidísimo escuchar a los niños, mientras corren por los patios, gritando en inglés con todos los acentos imaginables. Es toda una experiencia ser extranjero, te aclara la vida.

Vivir en la tierra de uno proporciona estabilidad en muchos sentidos. Las costumbres son las de siempre, la historia familiar es compartida por muchos, las expresiones son comprendidas en su sentido amplio. Además, por ser nacional se tienen derechos que permiten vivir en la normalidad. Vivir en la tierra de otros implica dependencia en casi cualquier cuestión. Hay costumbres y tradiciones que se deben aprender porque así funciona esa sociedad. A veces son costumbres que resultan exóticas, en ocasiones son visiones opuestas a nuestra construcción del mundo. Nadie sabe de nosotros, ni de nuestra gente, ni de nuestras memorias. Apenas captan relatos breves en momentos de cercanía, ¿Qué decir del humor? Nada hay más frustrante que contar un chiste y observar cómo te ponen cara de póker. ¿Y el tema de los papeles? La burocracia tiende a cebarse con los de estructuras marginales y los extranjeros son parte de esa clasificación. Ser extranjero implica una fuerte dependencia del otro.

Por eso Dios nos propone que amemos a los extranjeros, porque son personas necesitadas. Amar a los extranjeros, sobre todo, evita creer en los estereotipos. Y los prejuicios son el alimento de la xenofobia. Soy andaluz y cuando llegué a Cataluña lo hice con muchos preconceptos. Hoy aprecio con todo mi corazón a mis amigos catalanes. Me sentí querido. Soy español y cuando llegué a Argentina lo hice con una mochila llena de clichés (ya me esperaba los chistes de gallegos). Hoy añoro con todo mi ser la hospitalidad y generosidad de aquellas gentes. Me sentí apreciado. Soy europeo y cuando llegué a Estados Unidos lo hice con todos los tópicos que aprende un intelectual del viejo continente. Hoy debo afirmar que hay una gran elegancia de trato. Me siento como en casa. ¿Cuál ha sido el secreto? El amor sincero.

Seas nacional o no, ama. Es el mejor visado que existe en este mundo.

Radio Adventista

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