JORGE FEDERICO HAËNDEL
No descuides el don espiritual que recibiste. 1 Timoteo 4:14.
-¡Ningún hijo mío va a ser un músico bueno para nada! -dijo el Dr. Haëndel- Serás un abogado.
-¡Sí, señor! -respondió Jorge obedientemente.
Pero en lo profundo de su alma anhelaba tocar el órgano más que cualquier otra cosa.
Cuando Jorge tenía ocho años de edad, su padre lo llevó a la corte del Duque de Saxe-Weissenfels, cerca de Halle, Alemania. Mientras su padre atendía las quejas de los sirvientes del palacio, Jorge se dirigió hacia la capilla.
-¡Oh, oh! ¿Qué es lo que tenemos aquí? -preguntó el organista, hombre bondadoso y de rostro amable, al ver la carita tan interesada en lo que él hacía.
-Me llamo Jorge Federico Haëndel. Espero no molestarlo, señor. Algún día me gustaría tocar el órgano como usted.
-¿Te gustaría hacerlo ahora? -le propuso el anciano.
Medio sentado y medio parado, el pequeño niño examinó el teclado muy emocionado. Partiendo de un registro a otro, reprodujo música que había escuchado en la iglesia de su pueblo.
-¡Eres maravilloso! -le dijo el organista.
Cuando el duque oyó acerca del niño y vio al pequeño sentado en el órgano de tubos, quedó vivamente impresionado.
-¿De quién es ese niño? -preguntó.
-Es el hijo del Dr. Haëndel, señor.
-¡Envíenme a Haëndel de inmediato!
Cuando llegó el doctor, el duque le preguntó:
-¿Quién es el maestro de música de su hijo?
-¡Nadie, señor!
-¡Increíble! -exclamó el duque-. Debe ponerlo a estudiar de inmediato con el mejor maestro de Halle. ¿Me promete hacerlo?
-Sí, señor -dijo Haëndel con una reverencia.
Así es como Jorge tuvo su primer maestro de música. Cuando tenía 17 años de edad, ocupaba el puesto de asistente de organista de la catedral de Halle. Gracias a que Jorge no descuidó su don, tenemos música tan hermosa como su oratorio “El Mesías”.
¿Cuál es tu don? ¿Será cantar, dibujar, escribir, hablar o tocar el piano? Tal vez eres muy bueno en los deportes o en la aritmética. Podrías tener el don de la amistad, de dar consejo, o trabajar bien en equipo con los demás. No importa cuáles sean tus habilidades o dones, no los escondas. ¡Úsalos para bendecir a otros como lo hizo Haëndel!


