La mujer dejó entonces su cántaro y fue a la ciudad, y les dijo a los hombres: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto él hecho. ¿No será éste el Cristo?» (Juan 4: 28-29).
UNO DE LOS MOMENTOS MÁS EMOCIONANTES que vivimos en una de las iglesias que pastoreaba, fue el sábado que se realizó por primera vez en todo Sudamérica el programa Impacto Esperanza. Semanas antes habíamos tenido una vigilia pidiendo la dirección divina y habíamos dividido a la hermandad en parejas para que repartieran las revistas que hablaban de la segunda venida de Cristo. Cada pareja había recibido pequeños planos de la ciudad donde podrían repartir los impresos y podrían orar para que los mismos se conocieran por la gente.
Ese sábado fue una verdadera fiesta. Los adultos salimos a los lugares preestablecidos. Los jóvenes también lo hicieron, pero con remeras distintivas, y los niños llevaron globos de colores con el lema «Impacto Esperanza», acompañados por sus maestras de Escuela Sabática. Por la tarde, todos los hermanos fuimos a la plaza central de la ciudad, colocamos un proyector con alabanzas cristianas, y terminamos de repartir las publicaciones a toda persona que cruzó por allí. Fue emocionante escuchar luego los testimonios de quienes trabajaron para Cristo ese sábado.
A través de la Biblia es posible percibir que la vida cristiana es una vida llena de acción. Así como la mujer samaritana dejó su cántaro y fue a la ciudad a contar que había encontrado al Mesías, cada persona que acepta a Jesús como Salvador debería proclamar la salvación a quienes lo ignoran. La obra misionera no es un compromiso con el pastor, con un dirigente o con la iglesia. La obra misionera es un compromiso con Dios. «El Señor no disculpará a los que conocen la verdad y no obedecerán sus órdenes en palabras y acciones. Si no hacemos esfuerzos para ganar almas para Cristo, seremos responsables por la obra que pudimos haber hecho, pero no hicimos por nuestra indolencia. Los que pertenecen al reino del Señor deben orar fervientemente para la salvación de las almas» (Elena G. White, Joyas de los Testimonios, T. 2, págs. 547-548).
¿Estás dispuesto a iniciar este día con la determinación de hablar del amor de Jesús? La mujer samaritana no esperó a ser bautizada, ni a tomar cursos teológicos, ni a tener cargos en la iglesia. Ella habló lo poco que conocía del Salvador y «muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer» (Juan 4: 39). Renueva en este día el compromiso de ser un testigo de Jesús.




