Domingo 22 de Diciembre – HUMILDAD – Devocion Matutina para Jóvenes

HUMILDAD

El ángel le dijo: – ¡No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios! He aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Lucas 1:30, 31 (RV15).

Ese día una jovencita nazarena recibió la visita de un ángel. A Dios le había gustado su soledad de niña virtuosa que esquivaba a los frívolos, y esos ojos serenos que no sabían mentir. Le agradó esa niña que estaba desposada con un hombre otoñal, como una nueva Rut que encontró su Booz, y decidió implantarse en su vientre virginal.

Era María de Nazaret. Isaías la miró en visión, impregnada de gloria: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Isa. 7:14). El Altísimo necesitaba un cuerpo humano para redimir al hombre, y decidió tomarlo en la entraña de María.

El arcángel le dijo: “¡Salve, muy favorecida! ” El Señor es contigo” (Luc. 1:28). Y al verla temblando, añadió con bondad: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (vers. 30-35). Ella no supo qué pesaba más, la responsabilidad o el privilegio, y sin embargo dijo: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (vers. 38).

“Un niño nos es nacido, hijo nos es dado” (Isa. 9:6), decían las Escrituras. Le iba a nacer a ella, pero sería de todos. Insondable misterio. Sublime paradoja. Lo Santo contenido en lo imperfecto.

María no midió riesgos, porque su Dios era su garantía. De pronto, la virgen de alma y cuerpo se encontró embarazada. Su vientre sin marido se iba a enfrentar al mundo. ¿Le creerían la historia de una preñez divina? ¿Le creería José su prometido? Y si la denunciaba, ella podía morir, y con ella su hijo. José no le creyó, pero no la acusó, y ella mojó con lágrimas el lecho de mujer abandonada. Entonces Dios lo convenció de que la recibiera a pesar de las risas de la aldea. Desde entonces María cantó su privilegio, y así acalló los ecos de la burla:

Engrandece mi alma al Señor;

y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la bajeza de su sierva;

pues he aquí, desde ahora me dirán

bienaventurada todas las generaciones (Luc. 1:46-48).

Radio Adventista

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