Domingo 20 de Noviembre – Sin reserva nada – Matinal Adultos

«Para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia». Filipenses 1:21

BETTY ERA TODAVÍA UNA ESTUDIANTE cuando escribió que no es realmente un sacrificio el que hacemos al consagrarnos a Dios. Más bien, lo que hacemos es «darle algunas bagatelas a las que nos hemos estado aferrando», porque es cuando nuestras manos están vacías, que Dios las llena con sus tesoros. *

Después de terminar sus estudios superiores, Betty se preparó para el sueño de su vida: ser misionera. Al concluir sus estudios, en 1931, fue aceptado para servir en la Misión al Interior de China (MIC), y viajó ese mismo año. John, su prometido, también fue aceptado, y viajó a la China en 1932. En octubre de 1933 se casaron y pronto llegó su residencia en Tsingteh, provincia de Anhwei. Un año después, nacería Helen Priscilla.

Poco después de iniciarlos su labor misionera, se levantó una oleada de violencia anticristiana. Era un 7 de diciembre de 1934 cuando soldados comunistas invadieron Tsingteh. Betty estaba bañando a Helen Priscila, cuando supieron del inminente ataque. Sin tiempo para escapar, John oro: «Para esto hemos llegado a esta hora, Padre; glorifica tu nombre». Al rato, los soldados golpean a la puerta.

Después de apresarlos, sus captores pidieron la suma de veinte mil dólares para liberarlos. John entonces escribió a los dirigentes de la MIC. Al final de su mensaje, dijo: «Que Dios les dé sabiduría para decidir qué hacer (…); en cuanto a nosotros, que Dios sea glorificado, ya sea por nuestra vida o por nuestra muerte». Al día siguiente, John y Betty Stam morían a espada. Milagrosamente, la pequeña Helen sobreviviría.

Al momento de morir, los esposos Stam no habían cumplido los treinta años de edad; solo tenían poco más de un año de casados; y su bebé, tres meses. ¡De verdad, habían vaciado sus manos! ¿Cómo puede alguien sacrificar tanto? La respuesta está en un mensaje que Betty había escrito en su Biblia, que alguien encontró después que los secuestradores quemaron la casa. El mensaje decía: «Señor, te entrego lo que soy y lo que tengo: mi vida, mi todo, completamente a ti, para que sea tuyo para siempre. Te entrego todas mis amistades y mi amor. A partir de ahora, todo lo que amo pasa a un segundo plano en mi corazón. Lléname y séllame con tu Santo Espíritu. Vive tu vida en mi vida a cualquier costo y para siempre, porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Betty Stam, citada por Mark Finley en Sobre tierra firme, Pacific Press, 2003, lectura para el 25 de enero).

Cuando Betty entregó su vida a Dios, no reservó nada para ella. Pero, ¿no fue eso, exactamente, lo que Jesús hizo por ti y por mí?

Gracias, bendito Jesús, porque no reservaste nada con tal de salvarme. Hoy quiero entregarte mi corazón. Es tuyo hoy y siempre.

Radio Adventista

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